Las festividades del 31 de diciembre, la cocina venezolana vive una segunda explosión de energía.
Apenas han pasado unos días desde la Navidad, pero ya el país entero vuelve a encender los fogones.
Hay quienes planean una fiesta grande y quienes prefieren una cena íntima; sin embargo, en todos los casos, el menú vuelve a ser protagonista.
No importa si es una mesa sencilla o un festín completo: el cierre del año se mide por los sabores que acompañan el brindis, por el olor del horno y por ese ritual casi sagrado de cocinar para atraer lo bueno.
En Venezuela, las celebraciones de fin de año son un homenaje al optimismo.
Cada plato se elige con intención: las hallacas que aún quedan del 24, el asado negro o el pernil glaseado que se prepara con papelón, el arroz con guisantes o con uvas pasas que simboliza abundancia, las ensaladas frías con mayonesa casera, los bollitos con mantequilla y, por supuesto, el pan de jamón que nunca puede faltar.
En muchas casas, la cocina se convierte en un taller de aromas; mientras se pica cebolla o se mezcla la masa, suenan gaitas, se abren botellas y se repite una frase que todos entienden: “Que el año que viene venga con sabor”.
ENTRE EL BRINDIS Y LOS SABORES QUE DAN SUERTE
El fin de año venezolano combina superstición y gastronomía con una naturalidad encantadora.
Se comen las doce uvas al ritmo de las campanadas, se brinda con ponche crema o con espumante bien frío, y se sirven platos con significado.
Las lentejas, por ejemplo, aparece en muchas mesas como símbolo de prosperidad; el cerdo, por su sabor generoso y su carne abundante, representa la fortuna; y el pan recién hecho es sinónimo de trabajo y hogar.
La comida se vuelve deseo: se come para agradecer, para atraer, para compartir.
Hay familias que preparan sus propios rituales gastronómicos. Algunas hacen una gran parrilla de fin de año, donde se mezclan costillas, chorizos y vegetales asados; otras optan por una cena más tradicional con pernil y puré de papa.
En las ciudades, los restaurantes y panaderías se llenan de pedidos de último minuto: hallacas, ensaladas, panes y dulces.
Y en todas partes se repite el mismo gesto: probar el guiso, ajustar la sal, mirar el reloj y saber que la medianoche se acerca.

LA COCINA COMO PUENTE ENTRE AÑOS
Más allá de las supersticiones, lo que realmente une a los venezolanos el 31 es la mesa.
La comida se convierte en punto de encuentro, en lenguaje común.
Las familias se reúnen a preparar los platos del año que termina, pero también a pensar en los del año que viene.
Se comparte lo que sobró de Navidad, se prueban nuevas recetas, y se improvisa con lo que hay, demostrando una vez más esa creatividad que define nuestra gastronomía.
El 31 de diciembre, la cocina no solo huele a comida, huele a esperanza.
Y cuando el reloj marca las doce, mientras se abrazan y se lanzan fuegos artificiales, siempre hay alguien que dice: “¡Brindemos por el año que viene, y que no falte el sabor!”.
Esa frase, sencilla y poderosa, resume lo que somos: un país que, incluso en la incertidumbre, celebra la vida a través del gusto.
EN PANNA, BRINDAMOS CON SABOR Y GRATITUD
En PANNA, el cierre del año también se celebra alrededor de la cocina.
Cada plato que preparamos en estos días lleva el mismo cariño con el que nació nuestra marca: el deseo de compartir lo mejor de nuestra comida venezolana, sin perder su esencia ni su calidez.
Este fin de año, te hemos acompañado con nuestras hallacas, pasapalos, dulces y un café caliente; con nuestras arepas, cachapas, empanadas y platos completos, pero también con la alegría de seguir siendo parte de tus tradiciones.
Porque en PANNA, cada diciembre no es un final: es un nuevo comienzo que huele a masa recién horneada y sabe a familia reunida.